hojas/hojas/20191202.md
2024-01-27 13:20:31 +01:00

2.6 KiB

fecha
2019-12-02

Esta mañana me he levantado muy fresco. Creo que leer y escribir me sienta muy bien. Que me ayuda a descargar la cabeza cuando me he dado demasiada caña.

Últimamente he estado observando y pensando mucho sobre mi engería y cuánto puedo llegar a hacer en un día. Al no estar viviendo con Eli, he tenido más margen para trabajar absolutamente todo el día, lo que me ha permitido explorar mis límites. Y me he dado cuenta de que realmente puedo trabajar menos de lo que creía. La cabeza se cansa más rápido de lo esperado. Y eso me está ayudando a no machacarme.

También me ha permitido revisar las teorías de Scott Adamas alrededor de la energía personal. No todas las tareas son iguales. Hay actividades que me quitan energía a toda pastilla, hay otras que solo me quitan un poco. Hay algunas que me dan energía, con balance positivo.

Con eso en mente, estoy aprendiendo a organizar las actividades de forma que el balance no caiga demasiado. Estudiar durante seis horas una asignatura peñazo es inviable. La cabeza empieza a irse, y a la hora y pico el esfuerzo empieza a ser inútil. Y la cabeza queda inutilizada para cualquier actividad con balance negativo. Sin embargo, alternando esas horas de estudio infumable con actividades que me den energía consigo sacar seis horas de estudio de un total de nueve horas.

Estoy en el taxi de vuelta a casa. La clase de la que vengo ha sido un tostón. Empiezo a admirar a los estudiantes que, sin pestañear, deciden no ir a una clase porque la considerán una pérdida de tiempo. Siempre había pensado que eso estaba mal hecho, que había que hacer lo que tocaba y ajo y agua. Maldita disciplina de colegio de curas.

Ikira hoy me ha explicado que durante unos años compitió como animadora. Aparentemente en todo se puede competir si hay ganas. Según me comentaba, los accidentes son bastante frecuentes y más bestias de lo que uno podría imaginarse. Ella misma coleccionaba nariz, varios dedos y otras cosas rotas. Me ha explicado la historia de una compañera que, después de recibir una patada en la cara, empezó a sangrar por la nariz como un cerdo. Siguió adelante durante toda la actuación con una sonrisa en la cara (eso es parte de las actuaciones) y toda su ropa cubriéndose de sangre. Dos minutos después, acabaron, y ella se lanzó al suelo chillando de dolor a pleno pulmón hasta que se desmayó. Luego se la llevo la ambulancia.

Es divertido que un deporte tan estereotípicamente cursi y femenino esté compuesto de gente con tantos cojones.

Ahora voy a hacer una boloñesa. La pasta de tomate turca ha sido un descubrimiento.