4.7 KiB
| fecha |
|---|
| 2026-03-16 |
Acabo de ver Shutter Island con Eli en casa. Es la segunda o tercera vez que la he visto. Viéndola, he refrescado dos pensamientos que llevaba mucho tiempo (¿años?) macerando, y he pensado uno nuevo.
He refrescado la idea de que los viejos lo saben todo. Y que nos ven a los jovenes y se rien por dentro, tiernos por vernos tan inocentes y pánfilos, de camino a aprenderlo todo. Porque ellos saben cosas que nosotros no porque solo se aprende viviéndolas. Aunque intentasen explicárnoslas, no les haríamos caso. Las palabras entrarían por las orejas, pero no aterricarían en el espiritu. ¿Cómo le explicas a un niño que un día no querrá a sus amigos? ¿A un adolescente, que habrá vida después del corazón que le acaban de romper? ¿A un veinteañero que acabará por preferir morirse de sed que pegar un trago? ¿A un treintañero que le queda más por detrás que por delante?
Y los jovenes no nos damos cuenta. A medida que me pasa el tiempo, voy entendiendo más y más cosas de la vida. Y me doy cuenta de cuantas cosas que no sabía, sé ahora. Y miro a Sofía y veo que ella no las sabe. Ella me mira de vuelta, todavía sin entender todo esto. Luego miro a mi padre, o a Toni, y ellos me miran de vuelta, y pienso: ¿qué cosas sabéis vosotros, que yo no sé, y cuya ignorancia mía os enternece por dentro? Entonces siento miedo cuando algún viejo que no conozco me mira fijamente.
La otra idea que he refrescado la llevo pensando desde que Eli se quedo embarazada. Desde entonces, hasta ahora, y supongo que hasta el día que yo muera o lo peor pasé, me come por dentro el terror de que a Sofía le pase algo terrible. Que por mala fortuna, o peor, por culpa mía, sufra de algun horror indescriptible y yo viva para verlo. Hay noches en que tengo pesadillas, y días en que las ideas cruzan mi mente mientras en momentos en que me distraigo. Lo veo en titulares de la prensa que recuerdan la efeméride de algún niño volado en pedazos por ETA, o en tweets cualquieras en las que aparecen desgracias que con toda probabilidad tienen a criaturas en sus albaranes. Hoy lo he recordado de nuevo por la desdicha de Andrew Laeddis.
La idea que llevo tiempo pensando es que quizás, cuando me cruzo en mi camino a gente que está hecha una puta mierda, es porque han perdido a un hijo de la forma más terrible que uno pueda imaginar, y han quedado destrozados para siempre y sin remedio. Tengo ahora una vida muy buena y con mucha virtud, y me resulta muy fácil mirar por encima del hombro al borracho de la esquina que se pasa el día tirando la vida por la botella en el bar. Y al vagabundo sucio y asqueroso que me cruzo cada vez que subo Vía Augusta en bici, tirado en sus cartones escuchando música electrónica de hace veinte años. Y a esa amiga, que tira los días huyendo de su propia vida, incapaz de hacer lo que realmente le haría feliz, paralizada por el miedo y la rutina.
Antes los miraba y pensaba: que idiota. Cómo se deja ir de esta manera, con lo bella que es la vida. Y ahora pienso: ¿y si te ha pasado lo más terrible? Y estás atrapado en el infierno, sufriendo a cada minuto. Y me da miedo que me pase a mí. Que algún día tropiece justo cuando pasa el camión de la basura, y se me escape el carro. Y tuviese que vivir una tortura hasta el fin de mis días.
Finalmente, la nueva idea que ha pasado por mi mente es una vuelta de tuerca a algo que lleva años pensando. Lo que he pensado durante mucho tiempo es lo importante que es que cada uno de nosotros piense frecuentemente en su muerte. En que algún día llegará inevitablemente. En que no sabemos exactamente cuando. En que nuestros días son contados y van pasando.
Desde que ha nacido Sofía he pensado que uno quiere a un hijo, en parte, por amor propio. Que los hijos son un pedazito de nosotros y que si les queremos a ellos, es simplemente porque nos estamos queriendo a nosotros. Y que quizás, cuando parece que los queremos más a ellos que a nosotros mismos, es porque ellos llevan el contador de la vida a cero, en lugar de llevar kilometros como nosotros. Así que los ponemos a ellos por delante de nosotros mismos porque ellos son una parte nuestra que, si todo va bien, va a tener más recorrido que nosotros mismos.
La nueva idea que he pensado hoy es que quizás, ese hábito de pensar que un día moriremos habría que extenderlo a nuestros hijos. Y porque no, a todos los que vendrán después. Pensar en que también cada uno de ellos tiene sus días contados, y volverá a la tierra a deshacerse. Y que quizás haya una saga muy larga y prolífica. Pero en algún momento, por más que tarde, todas las ramas del árbol acabarán. Y no quedará ni un rastro de nuestro linaje.
No sé que sentido tiene esto. Siento que hay uno, pero no alcanzo a arañarlo ni tan siquiera.